"Los intelectuales socialistas deben ocupar un territorio que sea, sin condiciones, suyo: sus propias revistas, sus propios centros teóricos y prácticos; lugares donde nadie trabaje para que le concedan títulos o cátedras, sino para la transformación de la sociedad; lugares donde sea dura la crítica y la autocrítica, pero también de ayuda mutua e intercambio de conocimientos teóricos y prácticos, lugares que prefiguren en cierto modo la sociedad del futuro."
E.P. Thompson
http://www.moviments.net/espaimarx/els_arbres_de_fahrenheit/ca/index.php
La crisis del capitalismo. Demagogia y realismo
Santiago Alba Rico
A Eduardo Fernández Rubiño, joven comunista
El mismo día en que la FAO informa de que el hambre afecta ya a casi mil millones de seres humanos y valora en 30 000 millones de dólares la ayuda necesaria para salvar sus vidas, la acción concertada de seis bancos centrales (EE.UU., UE, Japón, Canadá, Inglaterra y Suiza), inyecta 180 000 millones de dólares en los mercados financieros para salvar a los bancos privados.
Frente a un dato como este solo caben dos alternativas: o somos demagógicos o somos realistas. Si invoco la ley natural de la oferta y la demanda y digo que en el mundo hay mucha más demanda de pan que de operaciones de cirugía estética y mucha más de alivios contra la malaria que de vestidos de alta costura (y mucha más también de viviendas que de créditos hipotecarios); si reclamo un referéndum kantiano que pregunte a los ciudadanos europeos si prefieren destinar las reservas monetarias de su país a salvar vidas o a salvar bancos, estoy siendo, sin duda, demagógico. Si, contra la razón y la ética, acepto que es más urgente, más necesario, más conveniente, más eficaz, más provechoso para la humanidad, impedir la ruina de una aseguradora y la quiebra de una institución bancaria que dar de comer a miles de niños, socorrer a las víctimas de un huracán o curar el dengue, entonces estoy siendo realista. No hay en mis palabras ni una brizna de ironía. Las cosas son así: una verdad redonda que no consiente aplicación es demagógica; una monstruosidad puntiaguda que no admite alternativa es realista. Para tener mucho o tener poco ―o incluso para tener solo las ganas de tener algo― hay que dejar de lado todas las redondeces y aceptar todas las puntas y todos los pinchos. La minoría organizada que gestiona el capitalismo ―ministros, banqueros, ejecutivos multinacionales, corredores de bolsa y periodistas económicos― puede invocar a Hayek con arrogancia en momentos de bonanza y exigir con aplomo la intervención del estado cuando está a punto de despeñarse porque sabe que su impunidad es proporcional a nuestra dependencia. Por eso mismo ―admitámoslo― los ciudadanos europeos convocados a un hipotético referéndum kantiano (“el banco o la vida”) responderíamos, sin duda, con realismo a favor de los bancos, conscientes de que todo lo que nos importa ―desde el abrazo de nuestras novias hasta la sonrisa de nuestros niños― es una concesión suya. La minoría organizada que nos gobierna ha tomado como rehén a la humanidad y, si no acudimos en ayuda de los secuestradores, puede ahora rematarnos a todos.
Para una humanidad cautiva es realista ceder al chantaje y dejar a un lado la verdad, la compasión, la sensibilidad, la solidaridad. Un sistema que, cuando las cosas van bien, mata de hambre a mil millones de personas y que si van mal puede acabar con todo el resto, es un sistema no solo moral sino también económicamente fracasado. En esto tiene razón el periodista Iñaki Gabilondo y es bueno, casi ya revolucionario, que lo escuche mucha gente1. Pero se equivoca al evocar la caída del Muro de Berlín, por muy retóricamente eficaz que sea la ocurrencia, porque si algo tuvo que ver el capitalismo en la derrota de la Unión Soviética, no puede decirse que la Unión Soviética ―ya desaparecida― sea la causa de la agonía capitalista. El capitalismo, sencillamente, no funciona. [...]
Varios autores, El futuro del foro social mundial. Icaria, Barcelona, 2008, 143 páginas.
Nota: esta reseña apareció en la revista El Viejo Topo, abril de 2008.
Sólo la relación de los autores y autoras que participan en este volumen es claro indicio de su indudable interés: Josep Maria Antentas, Olivier Bonfond, Wangui Mbatia, Hassan Indusa, Michael Warschawski, Immanuel Wallerstein, Walden Bello, Esther Vivas, Éric Toussaint, Pierre Rousset y Miguel Romero. El lector/a tiene garantizado que el bostezo está alejado; no habita en este grupo.
Cuatro de los artículos recogidos están centrados en la experiencia de Nairobi. Por ello, las intersecciones no vacías son inevitables. No importa. Arrojan puntos de vista complementarios, similares pero no idénticos, sobre el foro social mundial de 2007 celebrado en la capital de Kenya (Por cierto, Mike Davis señala en Planeta de las ciudades miseria que el barrio de Laini Saba de Nairobi, en el área hiperdegradada de la Kibera, tenía en 1998 diez letrinas excavadas en el suelo para una población de 40.000 y en Mathare había cuatro servicios públicos para 28.000 personas. La población se ve obligada a usar “retretes volantes”: los desechos se meten en una bolsa de plástico y se arrojan al camino o al tejado del vecino. En Nairobi, la población que se desplaza en coche tiene enfrente a niños de 10 años inhalando disolventes con bolas de excrementos humanos en las manos que tiran por las ventanillas de los vehículos de los conductores que no les dan propina). [...]